Become a conscious disruptor to avoid exhausting your people
Employees are suffering from change fatigue. Leaders need to balance stability with reinvention to combat resistance, says Shelley Zalis....
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August 21, 2026 • by Qiyu Xu in Spanish Articles
La rivalidad entre grandes potencias está reconfigurando las cadenas de suministro globales y la economía en su conjunto. Para desenvolverse en esta turbulencia, sostiene Qiyu Xu, los líderes empresariales deben aceptar la...
En China, dentro de los círculos empresariales, somos muy conscientes del impacto profundo e imprevisible que la actual trayectoria geopolítica está teniendo sobre los negocios. El aumento de los costes, las disrupciones en las cadenas de suministro, la volatilidad de los mercados financieros, las restricciones de acceso a determinados mercados y las dificultades en los pagos internacionales ya no son riesgos abstractos, sino factores concretos y decisivos. La conclusión es sencilla: tendremos que aprender a convivir con esta realidad.
Hoy existen tres grandes riesgos geopolíticos que los líderes empresariales de todo el mundo ya no pueden permitirse ignorar: la competencia estratégica entre China y Estados Unidos, la guerra de Ucrania y sus implicaciones geopolíticas, y el alcance global del conflicto con Irán.
En mayo de 2026, Donald Trump, presidente de Estados Unidos, realizó una visita de Estado a China. Fue su segunda visita oficial al país; la primera tuvo lugar en 2017 y dio paso a un intento de avanzar hacia una relación de estabilidad estratégica constructiva. Nuestro ministro de Asuntos Exteriores, Wang Yi, describió esa relación como una estabilidad activa, con la cooperación como base principal; una estabilidad sólida, con una competencia claramente delimitada; una estabilidad regular, donde las diferencias son manejables; y una estabilidad duradera, orientada a preservar la paz.
Mucha gente me ha preguntado qué significa realmente esa formulación. Mi respuesta es que hablamos de una estabilidad de baja intensidad: preferible a la incertidumbre, pero todavía limitada. Significa reconocer que la competencia existe y aceptar que debe ser gestionada y regulada. Significa también asumir que surgirán fricciones y que hay cuestiones demasiado complejas y demasiado importantes como para dejarlas evolucionar por inercia. En lugar de permitir que escalen, entendemos que será necesario intervenir y contenerlas.
La competencia entre China y Estados Unidos se concentra hoy en tres grandes cuestiones: Taiwán, la tecnología de vanguardia y sus cadenas de suministro, y las cadenas de suministro de minerales críticos. Pero, en este momento, el principal frente entre ambos está en la tecnología avanzada y en la capacidad de controlar los ecosistemas industriales y logísticos que la sostienen. Como me dijo con extraordinaria claridad en 2019 un almirante estadounidense amigo mío: “Incluso si China superara a Estados Unidos en un solo campo de las tecnologías de frontera, eso significaría el fin de la posición internacional actual de Estados Unidos”.
Hoy conviven dos visiones sobre cómo puede evolucionar esta rivalidad. La primera es la lógica del small yard, high fence: un perímetro limitado, pero fuertemente protegido. La segunda es la de dos sistemas tecnológicos separados. No creo que ninguna de las dos, por sí sola, vaya a imponerse por completo. La primera parece poco probable porque la capacidad tecnológica china sigue mejorando, y ese “pequeño perímetro” puede seguir ampliándose con el tiempo. La segunda también resulta improbable porque, en el pasado, cuando predominaba la cooperación, Estados Unidos innovaba y China aplicaba. Ahora, la competencia ha obligado a China a reforzar su músculo innovador, y Estados Unidos ha visto hasta qué punto esa dinámica puede volverse en su contra. Mi impresión es que el futuro acabará situándose en algún punto intermedio entre ambos modelos.
El llamado Liberation Day Tariff de 2025 fue un episodio histórico en la relación entre China y Estados Unidos, cuando las dos mayores economías del mundo estuvieron cerca de interrumpir prácticamente su comercio directo por primera vez desde el final de la Guerra Fría. A mi juicio, el significado de ese momento va mucho más allá de una simple guerra comercial bilateral. Lo que quedó en entredicho fue el principio de nación más favorecida, uno de los pilares esenciales del sistema comercial global contemporáneo. En esta ocasión, la administración estadounidense decidió dejarlo de lado, y muchos dudamos de que una futura administración regrese plenamente a la posición anterior.
La Estrategia de Seguridad Nacional presentada por el gobierno estadounidense en noviembre de 2025 incluía una frase particularmente reveladora: “Los días en que Estados Unidos sostenía por sí solo el orden mundial, como Atlas, han terminado”. Mi lectura es clara: Estados Unidos no está renunciando a sus derechos ni a su poder, sino a su responsabilidad global. Y eso tiene implicaciones profundas para todos.
Esto nos lleva a una pregunta decisiva: en los próximos 15 o 20 años, ¿cuál es el riesgo más probable para el orden mundial, la trampa de Tucídides o la trampa de Kindleberger? La que escucho con más frecuencia, y la que me parece más significativa, es la segunda. La trampa de Kindleberger describe un escenario en el que ningún país quiere asumir el liderazgo del sistema internacional. Cuando estalla una crisis, no hay un actor dispuesto a proveer el bien público global, y cada país se ve obligado a actuar por su cuenta. El resultado es un sistema internacional cada vez más caótico.
La guerra de Ucrania dura ya más que la Primera Guerra Mundial. Se ha convertido, en esencia, en una guerra de desgaste. El problema de Ucrania es la escasez de recursos y de personal, además de su dependencia de Estados Unidos en materia de información e inteligencia. Mientras tanto, las tropas rusas siguen avanzando.
Rusia, por su parte, afronta un problema distinto. No reside tanto en su capacidad militar como en su economía. Se enfrenta a un crecimiento menguante, déficits cada vez mayores y una presión fiscal en aumento. Uno de los principales riesgos de esta guerra es el colapso de uno de los dos beligerantes. Si Rusia perdiera, las implicaciones serían enormes, especialmente por el tamaño de su arsenal nuclear. El segundo gran riesgo sería una paz conseguida a costa del territorio ucraniano, porque eso significaría que, por primera vez en 80 años, quedaría invalidado el principio según el cual ningún país debe ver modificadas sus fronteras por la fuerza. En la práctica, eso equivaldría al fin del sistema nacido tras la Segunda Guerra Mundial.
Esta situación demuestra un fracaso de la disuasión mutua entre Irán y Estados Unidos.
La situación con Irán pone de manifiesto un fracaso de la disuasión mutua entre Teherán y Washington. Una de las consecuencias más importantes de este conflicto ha sido el deterioro de la libertad de navegación. Por primera vez desde 1945, Estados Unidos no ha conseguido garantizar plenamente la seguridad y el libre tránsito en una ruta marítima estratégica, y el impacto global no se ha hecho esperar: el coste del combustible se ha disparado con rapidez en todo el mundo.
La globalización sigue existiendo, pero se está volviendo más difícil y compleja.
La realidad es que el sistema global construido tras la Segunda Guerra Mundial se está disolviendo. La pregunta, por tanto, es qué deben hacer las empresas ante este nuevo escenario.
Lo que sigue es, en esencia, el tipo de consejo que suelo dar a las empresas chinas cuando les hablo de cómo operar en un mundo sin centro.
En el entorno actual, la resiliencia está dejando de ser una consideración secundaria para convertirse en una dimensión central de la estrategia. Durante años, la eficiencia operativa fue el criterio dominante. Pero una organización excesivamente optimizada y demasiado dependiente de cadenas lineales puede volverse extremadamente vulnerable cuando el contexto geopolítico se deteriora de forma abrupta. Las empresas deben encontrar un nuevo equilibrio: seguir siendo eficientes, sí, pero sin sacrificar la capacidad de absorber shocks y adaptarse con rapidez.
La globalización no ha desaparecido, pero se ha vuelto más difícil, más fragmentada y más compleja.
La globalización no ha desaparecido, pero se ha vuelto más difícil, más fragmentada y más compleja. Las empresas deben adaptarse a esa nueva realidad, y eso implica, en muchos casos, localizar más sus cadenas de suministro y rediseñar su exposición internacional. No se trata de abandonar la globalización, sino de aceptar que su forma está cambiando. Operar en múltiples mercados exige ahora un grado mucho mayor de flexibilidad, adaptación regulatoria y sensibilidad política.
Los sistemas tradicionales, altamente centralizados, están perdiendo eficacia en este nuevo entorno. Las empresas necesitan avanzar hacia estructuras más flexibles y descentralizadas, capaces de responder con mayor rapidez y precisión. Cuando la incertidumbre se multiplica y los riesgos se distribuyen de manera desigual entre regiones, no siempre resulta eficaz tomar todas las decisiones desde un único centro. Una descentralización bien diseñada permite reaccionar mejor y ajustar la respuesta a las realidades locales.
Mi perspectiva está marcada por décadas de experiencia militar, donde este tipo de planificación es esencial. Las empresas también deberían contar con planes de contingencia claros y operativos. Puede que uno espere no tener que activarlos nunca, pero el mero hecho de tenerlos aporta seguridad, capacidad de reacción y preparación. En un mundo sin centro, confiar únicamente en la improvisación ya no es una opción.
Exsubdirector del Instituto de Estudios Estratégicos de la Universidad Nacional de Defensa de China
Qiyu Xu —Xu Qiyu en chino— es investigador principal en el National Strategy Institute de la Universidad de Tsinghua y fue subdirector del Instituto de Estudios Estratégicos de la Universidad Nacional de Defensa de China, de la que se retiró como coronel superior en 2019. Su investigación se centra en las relaciones entre grandes potencias, la seguridad regional y las cuestiones geopolíticas. También es profesor visitante en China Europe International Business School (CEIBS) y en el Shanghai Advanced Institute of Finance. En 2017, MIT Press publicó la edición inglesa de su reconocido libro Fragile Rise: Grand Strategy and the Fate of the German Empire, con prólogo del profesor de Harvard Graham Allison. Posee un máster por la Universidad Nacional de Defensa de China y un doctorado por la Academia China de Ciencias Sociales.
Este artículo se inspira en una sesión magistral del programa insignia de IMD, Orchestrating Winning Performance, celebrado en Lausana en 2026, que reúne a ejecutivos de distintos sectores y geografías para una semana de aprendizaje intensivo e intercambio con profesores de IMD y expertos empresariales.
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