
by Marcus Burke, Trent Ross Published May 5, 2026 in Spanish Articles • 10 min read
La pregunta ya no es solo cómo debe expandirse una multinacional, sino cómo debe hacerlo cuando su propia nacionalidad deja de ser un dato irrelevante y empieza a condicionar su margen de maniobra. Durante décadas, el manual de la globalización parecía claro: un buen producto, una marca sólida y una cadena de suministro eficiente bastaban para abrir puertas. La nacionalidad de una empresa era, como mucho, una nota al pie: un dato de procedencia, no un factor capaz de condicionar su destino.
Ese mundo ha pasado. En un entorno internacional atravesado por la fragmentación geopolítica y por una afirmación cada vez más agresiva de los intereses nacionales, la reputación política del país de origen funciona como un auténtico pasaporte corporativo. Ese pasaporte puede facilitar la entrada, suavizar la interlocución y despejar el camino. O puede hacer exactamente lo contrario: levantar barreras, sembrar sospechas y convertir la expansión en un proceso más lento, más caro y más incierto.
Los máximos responsables empresariales ya no pueden seguir tratando la reputación corporativa como un compartimento estanco, ajeno a las tensiones del orden internacional. La identidad nacional de una empresa se ha convertido en un activo o en un lastre que afecta a todo: desde el acceso al mercado y la relación con los reguladores hasta la confianza de los consumidores y la capacidad de atraer talento.
El estudio Ipsos Impacts of Multinational Corporations, realizado con más de 23.500 ciudadanos-consumidores en 31 países en 2025, ofrece una radiografía de qué pasaportes corporativos cotizan al alza y cuáles han perdido valor. Su conclusión central es clara: en un mercado global cada vez más polarizado, la confianza local se ha convertido en un activo estratégico de alcance global.
La encuesta dibuja un mundo en el que la percepción del comportamiento de un país se traduce en ventajas o desventajas empresariales muy concretas. En ese contexto, los grupos de interés estrechan lazos con las compañías que consideran fiables y recortan su exposición a aquellas que perciben como arriesgadas, políticamente incómodas o demasiado absortas en los problemas de su país de origen.
Uno de los hallazgos más llamativos del estudio es el retroceso reputacional de las empresas estadounidenses en múltiples mercados, un fenómeno que plantea un desafío estratégico de primer orden para los líderes empresariales de Estados Unidos. Cuando se pidió a los encuestados que eligieran entre afirmaciones positivas y negativas, las compañías estadounidenses registraron un rechazo significativo, especialmente en países considerados tradicionalmente aliados.
En Canadá, la idea de que las empresas de Estados Unidos son una “carga para nuestra economía” supera en 23 puntos porcentuales a la percepción de que “invierten en nuestra economía”. La evaluación ética sigue el mismo patrón: las opiniones negativas sobre sus prácticas empresariales superan a las positivas en 22 puntos.
En Europa, aunque la valoración de la contribución económica estadounidense es algo menos desfavorable, el escepticismo persiste. Las dudas en torno a la seguridad de los productos arrojan un saldo negativo de 15 puntos. Y en la valoración general de las relaciones comerciales, un 22% de los encuestados considera mala la relación de su país con Estados Unidos, casi el doble que en el caso de cualquier otra nación analizada. Esa percepción negativa se concentra, sobre todo, en Canadá y Europa.
Para las empresas estadounidenses, el mensaje es incómodo pero nítido: el país de origen ya no actúa automáticamente como una credencial de prestigio. En muchos mercados, empieza a funcionar como una fuente de fricción.
En el extremo opuesto, las empresas de Canadá, Alemania y Japón disfrutan de una prima reputacional clara. Son compañías que llegan a los mercados con una reserva previa de confianza acumulada.
Las firmas canadienses son percibidas muy favorablemente en Estados Unidos: la percepción de que contribuyen a la economía supera a las opiniones negativas en 38 puntos. Las empresas alemanas parten de una posición muy sólida en Europa, donde la valoración positiva de su impacto en la creación de empleo supera a la negativa en 36 puntos, y la percepción de trato justo a los trabajadores obtiene una ventaja de 31 puntos. Las empresas japonesas destacan especialmente en Asia-Pacífico, con una ventaja de 39 puntos en materia de empleo.
¿Por qué estos pasaportes corporativos conservan tanto valor? Los datos apuntan a una combinación de factores: una percepción de neutralidad política, una reputación de calidad consolidada durante décadas y una trayectoria comercial percibida como más equilibrada y mutuamente beneficiosa. En otras palabras, hay países cuyo pasaporte abre puertas antes incluso de que la empresa empiece a hablar.
La globalización ya no es un proyecto monolítico liderado por Occidente... la estrategia ya no puede ser la misma para todos.
Los datos sobre China e India revelan la complejidad de un mundo que avanza hacia la multipolaridad. Las empresas de ambos países encuentran resistencias importantes en Occidente, pero consolidan posiciones en otras regiones.
Las compañías chinas generan respuestas muy negativas en Europa: la percepción negativa de su inversión económica supera a la positiva en 26 puntos, y presentan un déficit de 29 puntos en la valoración del trato a los trabajadores. Sin embargo, en Oriente Medio y el norte de África, esas mismas empresas obtienen una ventaja de 14 puntos en la percepción de su contribución económica.
La lección es importante. La globalización ya no responde a un proceso homogéneo liderado desde un único eje. El mapa de la confianza se ha vuelto más fragmentado, más político y más regional. Para los líderes empresariales, eso significa que la estrategia internacional ya no puede responder a una lógica uniforme: debe calibrarse con precisión según el contexto político, social y cultural de cada mercado.
Las percepciones que revelan estos estudios no son abstracciones académicas ni simples señales de clima. Son indicadores adelantados de riesgo y oportunidad que acaban afectando a la cuenta de resultados. Cuando Ipsos preguntó a 161 altos responsables de comunicación en 19 mercados cuáles eran sus principales preocupaciones, la respuesta fue inequívoca: geopolítica, geopolítica, geopolítica.
Para el CEO contemporáneo, moverse en este terreno ya no es una cuestión reputacional secundaria, sino una responsabilidad central. La agenda de la alta dirección está marcada por la necesidad de crecer en mercados volátiles, gestionar riesgos geopolíticos y competir en un entorno cada vez más exigente. El déficit de confianza ligado al país de origen cruza todos esos frentes.
Un pasaporte corporativo deteriorado tiene consecuencias concretas. Puede elevar el escrutinio regulatorio en fusiones y adquisiciones y añadir un recargo reputacional al precio de la operación. Puede dificultar la entrada en nuevos mercados si el origen de la empresa provoca recelos, protestas o procesos administrativos más duros. Y puede inclinar la decisión del consumidor cuando dos productos son comparables en precio y calidad: en ese momento, la confianza en el país de procedencia puede ser el factor que determina ventas y cuota de mercado.

Ante este escenario, las empresas deben construir una identidad corporativa capaz de resistir la volatilidad geopolítica y generar confianza a escala local. En un contexto donde la legitimidad se gana mercado a mercado, la prioridad es ofrecer a los grupos de interés una especie de “burbuja de certeza”: un entorno de previsibilidad, compromiso y fiabilidad que no dependa exclusivamente del país de origen.
La primera estrategia pasa por asumir parte de los costes de la incertidumbre para convertirse en un factor de estabilidad para los grupos de interés. En el caso de las multinacionales procedentes de países con déficit reputacional, ya no basta con nombrar directivos locales o adaptar el discurso. Hace falta una política de localización radical.
Eso significa demostrar, con hechos, que la empresa está verdaderamente comprometida con el país anfitrión: que crea empleo de calidad, que invierte en la economía local, que actúa conforme a los estándares éticos del entorno y que contribuye de forma tangible a la comunidad en la que opera. Una buena estrategia de localización escucha las prioridades del mercado y responde con acciones concretas: compras locales, centros de formación, alianzas comunitarias, transparencia fiscal.
La diferencia entre operar en un país y estar genuinamente arraigado en él empieza a ser decisiva.
Las empresas deben ofrecer información y asumir compromisos que los grupos de interés puedan considerar fiables. Pero en un contexto saturado de información y desinformación, esa tarea se ha vuelto más compleja, sobre todo con la irrupción de la inteligencia artificial.
La investigación detecta aquí una paradoja significativa. Aunque una mayoría de los profesionales sénior de comunicación usa la IA a diario, la confianza en su capacidad para hacerlo de forma verdaderamente significativa ha caído, y solo una minoría considera que sus políticas éticas internas son suficientes para sostener su adopción con garantías.
Bien utilizada, sin embargo, la IA puede ser una herramienta muy valiosa para descifrar cambios en el entorno político y comercial. La clave no está en usarla solo como palanca de eficiencia, sino como instrumento de interpretación geopolítica: para escuchar mejor, detectar señales tempranas y comprender con mayor precisión cómo evoluciona la conversación pública en cada mercado. Y siempre con la conciencia de que esa misma tecnología puede volverse en contra. Por eso los líderes deben reforzar los procesos de verificación y usar estas herramientas para construir confianza, no para erosionarla.

La empresa debe ir más allá de la relación institucional clásica y desarrollar una auténtica función de diplomacia corporativa. El objetivo es tejer vínculos profundos y creíbles con una amplia red de actores —reguladores, comunidades, socios locales, consumidores— de forma que la confianza no dependa exclusivamente de la bandera nacional de la compañía.
Este enfoque entra inevitablemente en tensión con otra tendencia observada en la investigación: el auge del silencio estratégico. Ante cuestiones geopolíticas divisivas, solo una minoría de los responsables de comunicación prefiere que su empresa se pronuncie. La opción mayoritaria es callar salvo que el asunto afecte directamente al núcleo del negocio.
Pero ese cálculo tiene límites. Especialmente para las empresas cuyo país de origen está en el centro de la controversia, el silencio puede dejar de interpretarse como prudencia y empezar a leerse como alineamiento o complicidad. Si el problema está en el pasaporte corporativo, guardar silencio no siempre protege: a veces agrava.
Para las empresas procedentes de países con un déficit reputacional importante, construir una identidad transnacional puede ser una palanca estratégica muy eficaz. Se trata de proyectar una marca que se perciba como universal o, incluso, como local, en lugar de aparecer demasiado ligada al país de partida.
Eso exige una integración más profunda en las comunidades donde opera la empresa y una cesión real de protagonismo al liderazgo regional. Una empresa verdaderamente transnacional no replica desde la sede una misma lógica global: permite adaptar productos, estrategias y vínculos comunitarios a las necesidades de cada mercado. Diversifica su cúpula directiva, invierte en I+D local y construye alianzas con universidades, instituciones y actores del territorio.
De ese modo, la identidad de la compañía deja de leerse como una proyección directa de su país de origen y pasa a entenderse como el resultado de un entramado global más complejo. Ahí reside buena parte de su capacidad para generar confianza por sus propios méritos.

En un mercado cada vez más polarizado, las empresas ya no pueden permitirse imponer una única plantilla global. Su licencia para operar funciona como un contrato social que debe ganarse y renovarse de forma continua en cada mercado.
La investigación obliga a mirar más allá de los indicadores tradicionales de marca y a plantearse preguntas más incómodas pero también más estratégicas: ¿qué valor real tiene hoy nuestro pasaporte corporativo? ¿Dónde actúa nuestra identidad nacional como una ventaja y dónde como una vulnerabilidad? ¿Cómo amortiguar sus efectos negativos y aprovechar sus fortalezas?
Las compañías que se enfrenten de frente a estas preguntas y desarrollen una forma más sofisticada de diplomacia corporativa estarán mejor posicionadas para construir empresas resilientes, creíbles y verdaderamente globales. En este nuevo escenario, el futuro no pertenece a quienes mejor replican una fórmula universal, sino a quienes comprenden que, para ser globales, primero hay que volverse legibles y confiables en lo local.

Director de Reputación Corporativa y Asuntos Públicos en Ipsos
Marcus Burke es director de Reputación Corporativa y Asuntos Públicos en Ipsos. Anteriormente ocupó cargos en el World Business Council for Sustainable Development, el World Economic Forum y la OCDE.

Director de Investigación en Ipsos
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