
by José Caballero Published May 5, 2026 in Spanish Articles • 5 min read
Los aranceles de Washington están redibujando el mapa del comercio global, las empresas buscan alternativas a las cadenas de suministro asiáticas, y la región aparece repetidamente en conversaciones estratégicas que antes la ignoraban. El momento es real. Pero la atención externa no es lo mismo que la capacidad interna y confundir ambas cosas podría ser el error más costoso que la región cometa en esta década. El Informe de Prosperidad IMD para América Latina y el Caribe 2026, que se publica hoy, ofrece precisamente esa distinción. Al medir el desempeño de los países en cuatro dimensiones, economía, gobernanza, capacidad gerencial y bases sociales, el informe revela una región profundamente fragmentada, donde las fortalezas genuinas coexisten con restricciones estructurales que ningún cambio geopolítico favorable puede sustituir. La oportunidad existe, pero la región ha estado aquí antes. Y no sería la primera vez que la deja pasar.
El resultado es una región que se mueve, pero no avanza.
El hallazgo más incómodo del informe no tiene que ver con los países que están mal. Tiene que ver con los que están más o menos bien y llevan años así. La mayoría de las economías de la región no están en crisis ni en auge. Están asentadas en un nivel intermedio de prosperidad que parece cada vez menos transitorio y cada vez más permanente. Progresan en un área y retroceden en otra. Reforman una cosa y descuidan la siguiente. El resultado es una región que se mueve, pero no avanza. Tres patrones estructurales explican por qué.
Primero, la gobernanza importa, pero solo hasta cierto punto. Los países con instituciones sólidas claramente superan a los que no las tienen. Pero una vez que se cruza un umbral básico, la gobernanza deja de ser el factor diferenciador. Varios países con marcos institucionales relativamente respetables siguen atrapados en niveles medios de prosperidad. Las reglas del juego son necesarias. No son suficientes.
Segundo, y esto es lo más relevante dado el momento actual, la capacidad gerencial es el cuello de botella que nadie quiere mencionar. Mientras el mundo busca en América Latina un socio productivo confiable, lo que frecuentemente encuentra son sistemas financieros poco profundos, baja innovación, escaso dinamismo empresarial y productividad estancada. La capacidad gerencial que la oportunidad actual exige no se construye en respuesta a una coyuntura. Y los datos sugieren que, en gran parte de la región, falta mucho camino por recorrer.
Tercero, el progreso social sigue rezagado. La desigualdad socioeconómica, las brechas digitales y el acceso desigual a oportunidades persisten incluso entre los países mejor posicionados. Una región que no distribuye los frutos de su crecimiento no puede construir el capital humano que la prosperidad sostenida requiere.

Chile, con una de las calificaciones más altas de la región, no lidera por crecer más rápido sino por haber construido coherencia entre sus pilares incluyendo instituciones creíbles, mercados de capital profundos y bases sociales sólidas que se refuerzan mutuamente. Su perfil es la mejor evidencia de que la confiabilidad sostenida en el tiempo vale más que cualquier ventaja coyuntural.
Colombia combina una complejidad económica que ocupa el 4º lugar en la región con una gobernanza que colapsa a la segunda calificación más baja del informe. Es el retrato de un país con capacidad productiva real pero sin la credibilidad institucional para convertirla en prosperidad sostenida, precisamente cuando el mundo busca socios confiables en quién invertir.
México es el caso más provocador del informe. Es 1º en complejidad económica, 4º en productividad, pero con un estado de derecho que ocupa el 27º lugar (de 34). Ningún otro país ilustra mejor la paradoja central del informe y ninguno tiene más que ganar, o perder, en el actual momento de reconfiguración del comercio global.
República Dominicana crece, invierte y gana productividad a un ritmo que pocos de sus pares pueden igualar. Pero su escasa densidad empresarial, su limitada integración en cadenas de valor de alto contenido tecnológico y sus mercados financieros poco desarrollados revelan que ese dinamismo opera sobre una base gerencial aún insuficiente para dar el salto siguiente.
Ecuador ha construido bases sociales más sólidas de lo que su nivel de ingreso predeciría, pero su gobernanza está entre las más débiles de la región y su estrecha base económica y limitada capacidad productiva lo dejan en una posición frágil para aprovechar las oportunidades actuales. Llega al momento geopolítico sin la estabilidad institucional ni las capacidades productivas para aprovecharlo plenamente.
La diferencia entre los países que aprovecharán esta coyuntura y los que la verán pasar no la determinará la geopolítica.
América Latina y el Caribe no necesita que el mundo la descubra. Necesita estar lista cuando eso ocurre. Los aranceles, el nearshoring y la reconfiguración del comercio global son una oportunidad real pero la historia de la región está llena de oportunidades externas que no se convirtieron en prosperidad interna porque las condiciones estructurales no acompañaron.
Los datos de este informe no son un pronóstico. Son un diagnóstico. Y el diagnóstico es claro. La región tiene más fortalezas de las que a veces se reconoce, pero también restricciones más profundas de las que la euforia del momento invita a admitir. La diferencia entre los países que aprovecharán esta coyuntura y los que la verán pasar no la determinará la geopolítica. La determinarán la calidad de sus instituciones, la productividad de sus empresas y la solidez de sus bases sociales.
Estar de moda no es lo mismo que estar listo.

Autora principal del Informe de Prosperidad del IMD para América Latina y el Caribe 2026 y economista jefe del Centro de Competitividad Mundial del IMD
José Caballero lidera el equipo de investigación del IMD World Competitiveness Center en el desarrollo e implementación de nuevos modelos de evaluación de la competitividad. Sus intereses de investigación se centran en las fuentes de la competitividad de los países y, más específicamente, en la competitividad de las empresas. Es también experto en economía política de América Latina.
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