
HubSpot CPO outlines the three essential skills for future leaders
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by Eva Asselmann Published October 31, 2025 in Leadership • 19 min read
Este artículo forma parte de una serie de autores que intervinieron en el 17º Foro Global Peter Drucker sobre Liderazgo de la Próxima Era, celebrado en Viena, Austria, los días 6 y 7 de noviembre de 2025.
La cuestión ha intrigado durante décadas tanto a psicólogos como a expertos en gestión. ¿Hay personas realmente mejor dotadas para liderar o triunfar? ¿Existe algo innato que las prepare mejor para afrontar los retos de dirigir equipos, organizaciones o incluso su propio desarrollo? Y si así fuera, ¿qué papel juega la personalidad en todo ello? ¿Podemos hablar, de verdad, de una “personalidad de liderazgo”?
Tal vez la mejor forma de abordar estas preguntas sea empezar por lo básico: entender qué es la personalidad, qué no es y si constituye un rasgo fijo o un sistema que evoluciona, se adapta y cambia a lo largo del tiempo.
En esencia, la personalidad describe los patrones característicos de cómo pensamos, sentimos y actuamos. Es una huella psicológica que nos define de manera profunda. Aunque tiende a ser estable, está moldeada por las experiencias que acumulamos a lo largo de la vida.

La personalidad no es un rasgo único, sino una constelación de tendencias que determinan cómo nos relacionamos, enfrentamos los desafíos y tomamos decisiones.
El modelo más estudiado en psicología es el de los Cinco Grandes: cinco dimensiones que resumen los rasgos fundamentales del comportamiento humano y explican cómo actuamos en la vida y en el trabajo. Son las siguientes:
En conjunto, estos cinco rasgos ofrecen un mapa psicológico que permite comprender las diferencias individuales, no en términos de lo que está bien o mal, sino como patrones que modelan la forma en que interactuamos con el mundo.
Aunque la personalidad suele mantenerse estable a lo largo de la vida, no es inmutable. Nacemos con ciertas predisposiciones —más o menos curiosos, sociables o reservados—, pero también evolucionamos en función de nuestras experiencias. Durante años se asumió que la personalidad se estabilizaba al llegar a la adultez temprana. Las investigaciones de las últimas dos décadas demuestran lo contrario.
En esa etapa de la vida, las personas tienden a volverse más responsables, estables y amables, probablemente porque asumen nuevos roles, relaciones y responsabilidades. Más adelante, algunos rasgos pueden volver a cambiar, reflejando prioridades distintas. La personalidad, en definitiva, es un sistema dinámico que sigue transformándose según cómo vivimos, amamos y crecemos.
Y esto plantea una pregunta crucial: ¿qué relación existe entre nuestra personalidad y el éxito, ya sea profesional o personal?

“La buena noticia es que tienes mayor control sobre tu personalidad del que podrías suponer.”
Suele pensarse que ciertos tipos de personalidad están mejor preparados para el liderazgo. Y, en parte, es cierto.
Algunos rasgos, como la afinidad por el riesgo o la extroversión, pueden resultar especialmente útiles. Los líderes deben tomar decisiones en contextos de incertidumbre, asumir riesgos calculados y representar no solo su propio criterio, sino también el de su equipo u organización. A quienes son naturalmente extrovertidos —enérgicos, asertivos y comunicativos— les resulta más fácil ocupar ese papel visible hacia el exterior.
La personalidad influye en la forma de liderar: determina si inspiramos, organizamos, orientamos o desafiamos de manera natural, y cómo lo hacemos. Los líderes extrovertidos tienden a destacar en roles públicos; los más concienzudos suelen sobresalir en entornos estratégicos y orientados al detalle. La personalidad no define el camino, pero sí moldea el estilo.
Dicho esto, no existe una personalidad única que garantice el éxito. Cada contexto requiere fortalezas distintas. Un fundador visionario puede prosperar gracias a su audacia, mientras que un líder en el ámbito sanitario o educativo se beneficiará más de la empatía, la paciencia y la estabilidad emocional.
En última instancia, el éxito no depende de poseer los rasgos “adecuados”, sino de entender nuestras propias tendencias y utilizarlas con inteligencia. El liderazgo auténtico no responde a un molde: nace de la autoconciencia y de la capacidad de adaptación. Y la buena noticia es que tenemos más control sobre nuestra personalidad de lo que solemos imaginar.

Los seres humanos tenemos la capacidad de adaptarnos y de aprovechar nuestros propios rasgos para ampliar la influencia y el impacto. No podemos reescribir nuestra personalidad de la noche a la mañana, pero sí expandirla. No se trata de fingir ni de asumir un papel ajeno, sino de ampliar el rango de comportamientos con intención y propósito, a medida que las circunstancias cambian.
He trabajado con líderes que, siendo naturalmente reacios al riesgo, aprendieron a tolerar la incertidumbre porque la innovación lo exigía. Otros redujeron su perfeccionismo en entornos de alta presión. Las personas más influyentes no son necesariamente las que encarnan los rasgos “ideales”, sino aquellas que se conocen a fondo y evolucionan de manera consciente.
¿Cómo lograrlo en la práctica?
El primer paso es conocerse mejor. Identificar qué rasgos predominan en tu personalidad y cómo se manifiestan en tu día a día. La autoconciencia comienza con preguntas. Los Cinco Grandes —apertura, conciencia, extraversión, amabilidad y estabilidad emocional— ofrecen un marco útil para explorar quién eres y cómo te comportas.
Pregúntate, por ejemplo:
Cuanto más claridad tengas sobre tus propias tendencias, más preparado estarás para ejercitar y desarrollar tu personalidad con el fin de ampliar tu impacto como líder.
La autoconciencia comienza con el planteamiento de preguntas.
Imagina que has identificado una tendencia hacia la introversión. Con el acompañamiento adecuado —coaching, práctica y preparación— puedes aprender a comunicarte con confianza y autoridad, e imponerte con eficacia incluso en situaciones exigentes.
O quizá descubras que tu rasgo dominante es la amabilidad: eres cálido, cooperativo y empático por naturaleza. En ese caso, el reto puede consistir en aprender a establecer límites claros para preservar el respeto, la productividad y el bienestar tanto tuyos como de tu equipo.
A continuación se presentan algunos ejercicios que han demostrado ser eficaces entre líderes de distintos sectores. Cada uno está pensado para fortalecer una dimensión específica de la personalidad sin perder autenticidad.

Al enfocarte en una acción deliberada por cada rasgo, puedes ampliar de forma efectiva tu rango de comportamiento y ejercer mayor influencia sin perder autenticidad. Con el tiempo, estos microajustes se acumulan y dan lugar a un estilo de liderazgo más versátil, consciente y resiliente frente al cambio.

Profesor de Psicología de la Personalidad en la Universidad de Ciencias de la Salud y Medicina HMU de Potsdam, Alemania
Eva Asselmann es profesora de Psicología de la Personalidad en la Universidad de Salud y Medicina HMU de Potsdam, Alemania. Su investigación explora cómo los rasgos de personalidad influyen en la resiliencia, la autoeficacia y el liderazgo en contextos de cambio e incertidumbre. Como autora y divulgadora científica, contribuye al debate internacional sobre liderazgo y transformación organizacional desde una perspectiva psicológica y basada en la evidencia.

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