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Spanish Articles

¿Quién controlará la revolución de la IA?

Published June 12, 2026 in Spanish Articles • 6 min read

Si bien existen buenas razones para temer un futuro distópico, los orígenes de código abierto de la industria informática ofrecen esperanza, sugiere un inusualmente optimista Jerry Davis.

En Star Trek, el capitán Jean-Luc Picard pide un té Earl Grey caliente y una máquina lo materializa al instante. El replicador, una de las tecnologías más emblemáticas de la saga, puede convertir energía y materiales reciclados en comida, medicinas o piezas de repuesto. En una economía de abundancia, nadie pasa hambre ni carece de bienes esenciales.

Lo que parecía una fantasía de ciencia ficción empieza a tener un equivalente inesperado en el terreno del software. Las herramientas de inteligencia artificial capaces de generar programas a partir de instrucciones en lenguaje natural ofrecen un anticipo de ese replicador digital: pedir una aplicación y obtener, en cuestión de minutos, una versión funcional adaptada a una necesidad concreta.

Si esa promesa madura, el impacto sobre el modelo tradicional del software como servicio puede ser profundo. ¿Por qué pagar una suscripción mensual por una solución estandarizada si una IA puede producir una alternativa suficientemente buena, casi al momento y a coste marginal?

Lo que sería una mala noticia para los grandes proveedores de software podría convertirse en una excelente noticia para todos los demás. La verdadera cuestión es qué forma adoptará esa abundancia digital. ¿Se parecerá más a la federación cooperativa de Star Trek o a un ecosistema de dependencia y control como el de The Matrix? Y, sobre todo, ¿quién controlará ese nuevo poder de creación?

Jerry Davis responde con un optimismo poco habitual. Sin minimizar los riesgos de concentración de poder, sostiene que todavía es posible orientar esta revolución hacia un modelo más abierto, participativo y democrático. Para ello, recuerda que la cultura tecnológica no solo ha producido monopolios e infraestructuras cerradas. También alberga una larga tradición de cooperación, apertura y creación compartida.

Entre los expertos en tecnología hay muchos fanáticos de Star Trek, y la historia de la industria del software contiene una fuerte corriente de pensamiento comunitario.

Cómo Linux conquistó el mundo

Para sostener esa esperanza, Davis recurre al ejemplo más elocuente: Linux. Aunque invisible para la mayoría de los usuarios, Linux está hoy en todas partes. Sustenta la inmensa mayoría de los servidores web del mundo, sirve de base a Android y, por tanto, vive en miles de millones de teléfonos inteligentes.

Su éxito resulta especialmente revelador porque venció ofreciendo un producto extraordinario a un precio imposible de batir: cero. Linux es gratuito porque fue desarrollado en gran medida gracias al trabajo colaborativo y porque su licencia responde a una idea muy particular de la tecnología: el acceso compartido al conocimiento.

Las raíces de este modelo se remontan a los primeros años de la informática, cuando fabricantes, universidades y comunidades de usuarios compartían libremente software y código fuente para resolver problemas comunes. Ese ecosistema comenzó a transformarse cuando el software pasó a protegerse mediante derechos de autor y se consolidó como un producto comercial independiente.

Frente a esa evolución surgieron movimientos que defendían mantener abierto el acceso al software. La figura más influyente fue Richard Stallman, fundador de la Free Software Foundation, que impulsó licencias diseñadas para garantizar que los programas y sus derivados permanecieran accesibles para todos. Ese marco fue decisivo para la expansión de Linux, publicado por primera vez en 1991 y convertido después en una de las infraestructuras más extendidas del planeta.

Proyectos como Linux o Wikipedia demostraron que era posible organizar esfuerzos colectivos de enorme escala sin depender exclusivamente de empresas jerárquicas ni de estructuras estatales. Eran nuevas formas de producción colaborativa capaces de generar bienes públicos de enorme valor. Para muchos observadores, representaban un anticipo de una economía más democrática y participativa.

Está surgiendo un movimiento social que busca orientar el desarrollo de la IA hacia una dirección más sostenible y democrática.

¿Tiene que mandar la oligarquía tecnológica?

Con el tiempo, sin embargo, ese optimismo se ha debilitado. El software libre y abierto se ha vuelto omnipresente, pero ello no ha impedido que el poder tecnológico se concentre cada vez más. La paradoja es evidente: mientras las bases abiertas de internet se han generalizado, las grandes plataformas son hoy más dominantes que nunca.

La inteligencia artificial generativa parecía, inicialmente, una oportunidad para que nuevos actores desafiaran a los gigantes establecidos. Sin embargo, el enorme coste del cómputo, la infraestructura y el capital necesario ha empujado a muchas de esas nuevas empresas a depender de alianzas con los mismos grupos tecnológicos que parecían destinados a cuestionar.

Por ahora, los gigantes tecnológicos siguen siendo actores prácticamente ineludibles.

Y, aun así, Davis cree que esa dependencia no tiene por qué ser permanente. Si las nuevas herramientas de programación asistida por IA permiten que casi cualquiera describa una aplicación y la haga existir, entonces el desarrollo de software podría dejar de ser una habilidad reservada a una minoría técnica.

Programar empezaría a parecerse menos a una profesión especializada y más a una capacidad distribuida. Emprendedores, fontaneros, diseñadores, propietarios de cafeterías, artistas gráficos, contables o cooperativas de cuidados podrían crear herramientas adaptadas exactamente a sus necesidades.

En ese escenario, la IA ampliaría la autonomía productiva y reduciría la dependencia de soluciones empaquetadas por terceros.

Pero ahí reaparece el problema central. Para acceder a ese nuevo poder siguen siendo necesarios modelos, capacidad de cómputo, infraestructura en la nube y financiación. Hoy, buena parte de esos recursos continúa concentrada en un reducido grupo de empresas. La promesa democratizadora existe, pero sigue apoyándose en una infraestructura controlada por unos pocos actores.

El capitán Jean-Luc Picard de la USS Enterprise, interpretado por Patrick Stewart, puede exigir lo que quiera, cuando quiera.

Una infraestructura para la democracia

¿Qué aspecto tendría una alternativa real?

Davis recupera una propuesta ambiciosa: construir una “pila de solidaridad” completa. Es decir, un ecosistema de inteligencia artificial cuyo control no se limite a las aplicaciones finales, sino que abarque también la infraestructura, los datos, la computación y la gobernanza. El objetivo sería que trabajadores, comunidades, cooperativas e instituciones públicas recuperasen capacidad de decisión en cada una de esas capas.

Algunos elementos de ese modelo ya empiezan a existir. El autor cita la Iniciativa Suiza de IA, una colaboración entre instituciones de investigación que ha desarrollado un modelo fundacional completamente abierto y concebido para el bien público. Su licencia, sus estándares de privacidad y sus condiciones de entrenamiento responden a una lógica muy distinta de la extracción de valor característica de muchas plataformas comerciales.

Más ampliamente, está emergiendo un movimiento que busca orientar el desarrollo de la inteligencia artificial hacia un horizonte más sostenible y democrático. Para Davis, esta corriente llega en un momento decisivo. La IA puede convertirse en la revolución económica más transformadora de las últimas décadas, pero una parte creciente de la sociedad rechaza la idea de que su dirección quede exclusivamente en manos de un pequeño grupo de multimillonarios y grandes corporaciones tecnológicas.

Solo una implicación pública más amplia —en el diseño, la gobernanza y la propiedad de estas tecnologías— puede evitar los escenarios más inquietantes.

Quizá esta vez gane la democracia

Hacia el final, Davis recupera una observación clásica del historiador Melvin Kranzberg: la tecnología no es buena ni mala por sí misma, pero tampoco es neutral.

La inteligencia artificial ofrece oportunidades extraordinarias para ampliar la autosuficiencia, reforzar la capacidad creadora de pequeñas organizaciones y generar riqueza distribuida. Nada obliga a que esos beneficios terminen absorbidos por una pequeña élite tecnológica.

La historia del software demuestra que existen alternativas. Durante décadas ha prosperado una tradición de cooperación abierta que sostiene muchas de las herramientas digitales que utilizamos cada día, aunque rara vez reparemos en ello. La cuestión es si esa tradición será capaz de adaptarse y crecer en la era de la inteligencia artificial.

La pregunta decisiva no es si la IA será revolucionaria. La cuestión es quién controlará esa revolución.

Sobre el autor

Jerry Davis

Jerry Davis

Profesor de Administración de Empresas y Profesor de Sociología en la Escuela de Negocios Ross de la Universidad de Michigan.

Jerry Davis es profesor de Administración de Empresas y Sociología en la Ross School of Business de la Universidad de Michigan. Ha publicado ampliamente sobre gestión, sociología y finanzas. Su libro más reciente es Taming Corporate Power in the 21st Century (Cambridge University Press, 2022), publicado dentro de la serie Reinventing Capitalism.

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