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Spanish Articles

La estrategia de innovación de Huawei: cuando las reglas antiguas dejan de funcionar

Published August 7, 2026 in Spanish Articles • 9 min read

Ante las restricciones sobre tecnologías avanzadas, Huawei se ha visto obligada a replantearse cómo mejorar su rendimiento. Elon Musk, por razones muy distintas, también está tratando de redibujar los límites de su autonomía tecnológica. Entre ambos casos emerge una misma pregunta: cómo innovan las organizaciones cuando los caminos establecidos se vuelven más difíciles —o sencillamente imposibles— de seguir.

La industria mundial de los semiconductores se está bifurcando. Por un lado, Elon Musk estaría impulsando Terafab, una megafactoría verticalmente integrada para Tesla, SpaceX y xAI que reuniría chips lógicos, memoria, litografía, empaquetado y pruebas bajo un mismo techo, con la IA, la robótica y la computación espacial como destino final. Por otro, Huawei ha presentado su Tau Scaling Law, un enfoque concebido para rodear buena parte del ecosistema occidental de equipamiento para semiconductores.

A primera vista, ambos proyectos parecen responder a la misma lógica: más integración vertical, más capacidades internas, menos dependencia externa. Pero parten de realidades radicalmente distintas sobre qué infraestructuras siguen estando disponibles y cuáles hay que reconstruir desde cero.

Ahí está la verdadera lección estratégica. Terafab, por ambicioso que resulte, sigue operando dentro del ecosistema occidental de semiconductores. Cualquier planta de fabricación de vanguardia —también la que imagina Musk— sigue dependiendo de las máquinas de litografía ultravioleta extrema de ASML, el gran cuello de botella de la industria. Huawei, en cambio, no tiene acceso a esa infraestructura. Los controles a la exportación han bloqueado el acceso chino a la tecnología EUV y han empujado a la compañía hacia soluciones arquitectónicas y de nivel sistema, en lugar de permitirle competir en igualdad de condiciones con TSMC o con una cadena apoyada en ASML.

Lo que esta comparación pone sobre la mesa no son dos versiones de una misma estrategia, sino dos respuestas muy distintas a una misma presión: una busca ampliar control dentro de un sistema que sigue abierto; la otra intenta adaptarse a una exclusión parcial del sistema mismo.

La lección para los directivos no es que Huawei haya superado la restricción. No lo ha hecho. La lección es otra: cuando una métrica de rendimiento deja de ser accesible, el primer movimiento inteligente consiste en preguntarse si esa métrica seguía siendo la correcta.

Cuando la vieja métrica deja de servir

Durante décadas, la ley de Moore organizó la ambición de la industria, sus ciclos de inversión y su lógica competitiva. Reducir el tamaño de los transistores significaba elevar el rendimiento, y elevar el rendimiento significaba ventaja competitiva. Ese modelo está llegando a su límite: seguir reduciendo transistores es más difícil, más caro y ofrece rendimientos cada vez menores.

La respuesta de Huawei ha consistido en redefinir qué significa hoy mejorar el rendimiento. Su Tau Scaling Law desplaza el foco del tamaño del transistor a la latencia, es decir, al tiempo que tarda la información en moverse a través del chip. En lugar de competir directamente en nodos de proceso a los que no puede acceder, la compañía busca mejoras mediante eficiencia sistémica: reducir retardos, acortar recorridos y coordinar mejor el conjunto.

Una fuente veterana del sector citada por Caixin sostenía que el enfoque Tau apunta hacia una dirección que probablemente terminará siguiendo la industria global a medida que se agota la ley de Moore, solo que China se ha visto obligada a recorrer ese camino antes de tiempo. La historia más repetida sobre el origen de esta idea sitúa a He Tingbo, presidenta del Comité Científico de Huawei y responsable de su negocio de semiconductores, encontrando inspiración no en un laboratorio, sino en el sistema de irrigación de Dujiangyan, en Sichuan: una obra milenaria que resolvió un problema inmenso de asignación de recursos con medios limitados. Aquellos constructores resolvieron desafíos monumentales sin las herramientas de las que hoy dependeríamos; la conclusión, para Huawei, fue clara: hacer más con menos también podía convertirse en una estrategia tecnológica.

La enseñanza para cualquier directivo no es que Huawei haya vencido la restricción, sino que ha sido capaz de cuestionar las reglas del juego antes que los demás. La mayoría de las organizaciones hereda sus indicadores de rendimiento de proveedores dominantes, asociaciones sectoriales o competidores, y rara vez se detiene a preguntar quién los definió o a qué intereses siguen sirviendo.

La lección que esto ofrece a los ejecutivos no es que Huawei haya superado la limitación, porque no lo ha hecho. Es que, cuando una métrica de rendimiento establecida se vuelve inaccesible, el primer paso que vale la pena dar es cuestionar si dicha métrica era la adecuada desde un principio.

La innovación como capacidad de orquestación

Lo más singular del enfoque de Huawei —y también lo que más atención está atrayendo— ocurre en la fase de diseño del chip. Ese desplazamiento del esfuerzo también traslada el cuello de botella: ya no se trata solo de litografía, sino del acceso al software de automatización de diseño electrónico, dominado por Cadence y Synopsys, sobre el que descansa este tipo de ingeniería.

Jensen Huang reconoció que aumentar la densidad de transistores sin reducir el nodo de proceso es una aproximación sólida, aunque recordó que TSMC lleva una década construyendo capacidades en técnicas relacionadas de apilamiento y empaquetado. La mejor forma de entender esto no es como una invención puntual, sino como una capacidad de orquestación.

Huawei ha combinado técnicas ya conocidas, ha codesarrollado hardware y software alrededor de un objetivo compartido de latencia y, según He Tingbo, ha extendido estos principios a al menos 381 chips ya producidos en masa, desde procesadores para smartphones hasta silicio para centros de datos y aplicaciones de automoción. Eso no describe solo innovación de componente; describe una capacidad organizativa: alinear equipos de ingeniería, cadena de suministro y desarrollo de producto en torno a un mismo objetivo de rendimiento y ejecutarlo a escala.

Y ahí está la verdadera escasez. La innovación en componentes puede comprarse, licenciarse o contratarse. La capacidad de integración, no. Se construye lentamente, a través de decisiones deliberadas sobre estructura, incentivos y resolución de tensiones internas. Huawei desarrolló esa musculatura durante años, en parte por diseño y en parte porque sus circunstancias no le dejaron alternativa.

Aquí reside una diferencia importante. Muchas empresas que innovan desde la abundancia —con acceso a los mejores proveedores, grandes reservas de talento y la tecnología externa más avanzada— pueden estar desarrollando capacidad de producto mientras erosionan, casi sin notarlo, su capacidad de integración. La eficiencia de aprovisionamiento que funciona en entornos estables suele generar fragilidad cuando el contexto cambia.

Huawei, además, no presenta este esfuerzo como un triunfo autosuficiente. He Tingbo defendió que superar los límites que la ley de Moore terminará imponiendo no es un reto que una sola empresa pueda resolver por sí sola, y pidió colaboración entre fabricantes de equipos, productores de chips y comunidad científica. Leída así, su posición no es “lo resolvimos solos”, sino “nos topamos antes con este muro y preferimos afrontar lo que viene acompañados”.

La innovación en componentes a menudo puede adquirirse mediante la contratación, la concesión de licencias o la compra.

Dos integraciones verticales

La comparación entre Terafab y Huawei vuelve aquí especialmente útil. Ambas son apuestas de integración vertical, sí, pero integran desde posiciones muy distintas.

Si llega a materializarse, la megafactoría de Musk profundizaría la integración dentro de un ecosistema ya existente: más tramos de la cadena del semiconductor dentro del perímetro empresarial, pero sobre una infraestructura básica que la industria occidental lleva décadas construyendo. Las ambiciones de computación a escala teravatio siguen siendo aspiracionales y todavía no están demostradas industrialmente, pero la lógica de la apuesta es transparente: más parte de la cadena dentro de la empresa, sobre una base compartida.

La integración vertical de Huawei tiene otra naturaleza. La compañía se ha visto obligada a construir internamente capacidades que la mayoría de las organizaciones compra fuera, no porque así lo prefiriera, sino porque esa vía externa le fue negada. Ha profundizado el diseño propio de chips, ha estrechado la coordinación entre hardware y software y ha alineado ingeniería, cadena de suministro y desarrollo de producto alrededor de objetivos compartidos por pura necesidad.

El resultado es muy distinto: una organización que ha desarrollado una capacidad real de integración bajo presión sostenida, no una organización que simplemente ha elegido integrarse en un entorno favorable.

La integración vertical de Huawei tiene un carácter completamente distinto.

Un mundo bifurcado

La consecuencia más importante de la trayectoria de Huawei no es una supuesta supremacía tecnológica china. La distancia con TSMC, ASML y Nvidia sigue siendo significativa. Lo que sí parece ya creíble es Tau Scaling Law como innovación a nivel sistema, y la verdadera incógnita es si ese enfoque logrará traducirse también en un salto industrial a escala de consumo.

Huawei prevé lanzar un nuevo chip Kirin basado en estos principios en la línea Mate durante la segunda mitad de 2026, y ese lanzamiento funcionará como una prueba muy concreta de hasta dónde ha llegado este enfoque desde el laboratorio hasta la producción masiva. La aspiración de alcanzar una densidad equivalente a 1,4 nm en 2031 sigue siendo, por ahora, una meta prospectiva y no un resultado demostrado.

La consecuencia estratégica no es un vencedor único, sino una bifurcación estructural: dos ecosistemas de computación para IA, cada vez más separados, apoyados en fundamentos tecnológicos, cadenas de suministro y dependencias geopolíticas distintas. El ecosistema occidental se apoya en la litografía de ASML, la fabricación de TSMC, el silicio de Nvidia y una red densa de proveedores y estándares construida durante décadas. El ecosistema chino, todavía por detrás pero avanzando más rápido de lo que muchos preveían, está ensamblando una pila alternativa menos capaz hoy, pero en movimiento constante.

Para cualquier directivo con decisiones pendientes sobre infraestructura de IA, esta bifurcación no es ruido de fondo. Es una variable estratégica que exige tomar posición: de qué ecosistema depende su hoja de ruta, cuánto costaría operar en ambos y en qué punto de la cadena de suministro está quedando expuesto a una elección que quizá aún no ha formulado explícitamente.

La consecuencia más amplia de la trayectoria de Huawei no es el dominio tecnológico chino.
En última instancia, la historia de Huawei no trata sobre una forma diferente de fabricar chips.

Tres preguntas

La historia de Huawei no trata, en el fondo, solo de otra manera de fabricar chips. Trata de cómo innovan las organizaciones cuando las reglas heredadas dejan de servir, y de lo que eso exige del liderazgo antes de que llegue la restricción y no después.

De ahí salen tres preguntas que merece la pena dejar abiertas:

¿Quién definió la métrica principal de rendimiento de tu organización y sigue reflejando tu situación estratégica, o la de otro?

¿Está tu empresa construyendo capacidad de integración o solo capacidad de componente?

¿Has tomado ya una posición clara ante la bifurcación tecnológica, o la estás gestionando de forma implícita, decisión de compras tras decisión de compras?

Todavía está por ver si los chips de Huawei cerrarán realmente la brecha con lo mejor que hoy pueden producir TSMC y Nvidia. Pero hay algo menos incierto: la organización que hay detrás ha desarrollado una capacidad más difícil de copiar que cualquier transistor individual, la capacidad de integrar, improvisar y mejorar bajo condiciones de restricción sostenida. Que eso termine convirtiéndose o no en una ventaja competitiva duradera dependerá del mundo hacia el que nos dirigimos. Y, por la evidencia disponible, ese mundo ya se está bifurcando.

Author

Mark Greeven

Profesor de Innovación Empresarial

Mark Greeven es profesor de Innovación y Estrategia en IMD, donde codirige el programa Building Digital Ecosystems y el programa Strategy for Future Readiness, así como Future-Ready Enterprise, impartido conjuntamente con MIT. A partir de dos décadas de experiencia en investigación, docencia y consultoría en China, explora cómo organizar la innovación en un mundo turbulento. Greeven es miembro fundador de la Business Ecosystem Alliance y figura en la lista Thinkers50 de pensadores globales de la gestión (2025, 2023).

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